FIDELIDAD A LA AMISTAD
FIDELIDAD A LA AMISTAD
Uno de los más grandes tesoros que podemos cultivar es una verdadera y sana amistad, una amistad enraizada en la fe y que nos conduzca a Dios. El siguiente texto fue extraído del libro “Fidelidad” de Javier Abad Gomez
Queridísimo Jaime:Recibí tu carta. Epístola lacerante en la que has vertido la amargura que tienes en el corazón. El que creías tu amigo entrañable te traicionó y el mundo se ha venido abajo. Te comprendo, te escribo y te acompaño desde aquí. Me gustaría estar contigo para analizar juntos, con calma y sin rencores, lo que me dices de la amistad. La has puesto en duda, pero yo continúo creyendo firmemente en ella y en todo lo que lleva consigo.Me preguntas: ¿qué es la amistad? Para mí es algo realmente noble, digno y engrandecedor. Mucho más que una mera unión afectiva de semejanzas o una comunicación de bienes en la que no existe lo mío ni lo tuyo. Es querer el bien -el verdadero bien- de otra persona, a quien se considera como otro yo. Es anhelo de servir, sin mezquindades, con altura. Identidad de ideales y de voluntades. Capacidad de perdón y comprensión; querer y no querer las mismas cosas, alegrarse y dolerse de lo mismo.
Algo de lo que el mundo está muy necesitado y de lo que todos tenemos auténtica hambre. Una realidad humana, purificada y elevada al orden sobrenatural por Aquel que, por amor a los hombres, quiso llamarse y hacerse Amigo nuestro, compartir nuestra manera de vivir, sufrir nuestros sufrimientos, gozar nuestras alegrías. El Verbo Encarnado ha querido, de este modo, dar un resello divino a la limpia amistad entre los seres humanos.La amistad, como dices, no tiene origen en un simple interés ocasional, ni en una mutua necesidad de apoyo. Puede empezar así, pero eso no la constituye. La camaradería o el compañerismo nacen de una asociación que busca un objetivo común, por obra de la cual se establece entre todas una cierta solidaridad de carácter cultural, político, científico o apostólico. Ser compañero no es ser todavía amigo, aunque pueda desembocar en amistad. No son amigas dos personas que se encuentran todos los días en el mismo camino, en el autobús o en la oficina. Tampoco puede hablarse de amistad porque una persona nos caiga más o menos simpática: la simpatía puede ser el comienzo por el «toque» de afinidad que representa, pero todavía no se llama con el hermoso nombre de amistad. Esto puede valer incluso para quienes, por diversas razones, se hallan tan vinculados que deberían suponerse entre ellos todas las condiciones para una firme amistad. Pienso en la relación entre padres e hijos, profesores y alumnos, compañeros de clase o de trabajo. El solo hecho de un vínculo de este tipo no genera una adhesión tan profunda que llegue a la intimidad. Por eso, muchas veces hay que recomendar a los padres de familia que procuren «hacerse amigos» de sus hijos: que los oigan, que dialoguen con ellos, que se pongan con naturalidad a su mismo nivel, que participen de sus sueños, de sus gustos, de sus risas y de sus lágrimas; que se interesen positivamente por todo aquello que llevan entre manos, que busquen intereses comunes, que compartan ilusiones y un trato más profundo. Que brinden comprensión y confianza y que procuren servirse mutuamente. Valores todos que se deben dar en una verdadera amistad y que a veces faltan en los padres, o en los profesores, o en los compañeros.
Comprender, disculpar, perdonar
La amistad penetra al interior del alma del otro, lo mira desde adentro. Nunca se queda en la superficie. Amistad es adhesión, afecto, apego, devoción y cariño. Es abrir el yo para admitir el tú en el propio mundo, para hacerle partícipe de la misma vida. Es el hábito de darse sin alardes de generosidad ostentosa o agresiva. Es hacer partícipe al amigo del pensamiento, la alegría, el dolor, los sentimientos y todos los afectos. Es dar algo de sí: algo de lo que se tiene, de lo que se es, con el fin de lograr el bien del otro. Es simpática la expresión «dar de sí»: porque indica una largueza sin límites, como cuando se estira un objeto elástico, hasta que «no da más de sí».
La amistad mira al amigo en cuanto tal, no por razón de sus virtudes o talentos; no entrega objetos, se da a sí misma; no lo ve como otro, sino como «otro-yo»; no se limita a no hacer daño, sino que busca hacer todo el bien posible. Ama el bien del amigo, aquello que lo hace mejor y más feliz. Quiere no sólo lo que el otro es, sino lo que puede llegar a ser: «Señor, tómame como soy, y hazme como Tú quieres que yo sea», suplicaba a Jesús Juan Pablo I, aquel Pontífice de la sonrisa, que duró treinta y tres días. Por eso se puede querer a quien tiene defectos, porque podrá llegar a superarlos. No por lo que es, sino por quien es. El amor de amistad es misericordioso; sabe perdonar, comprender, disculpar, convivir, conllevar.
De una amistad verdadera puede decirse todo aquello que San Pablo afirma de la caridad fraterna: es sufrida, es dulce y bienhechora; no tiene envidia, no es soberbia, no es ambiciosa, no busca su interés, no se irrita, no piensa mal (...), a todo se acomoda, todo lo cree, todo lo espera y lo soporta todo". En la amistad sincera, honda y leal, puede el amigo encontrar fortaleza, seguridad y atención. Aunque la amistad no tiene origen en la deficiencia o la flaqueza que obliga a buscar apoyo, sino más bien en la abundancia de un bien que se quiere difundir: sólo son verdaderos amigos aquellos que tienen algo que dar y, al mismo tiempo, la humildad suficiente para recibir. Por eso es más propia de los hombres virtuosos. El vicio compartido no produce amistad sino complicidad, que no es lo mismo. Nunca podrá ser legitimado el mal con una pretendida amistad. Cristo dijo que deberíamos estar dispuestos a morir por los que amamos, pero no que matáramos el alma participando con ellos de sus malas acciones.
No cabe hablar de amistad cuando el fin es la común fruición de un placer o la participación en una conveniencia mutua. La verdadera amistad procede de la dignidad misma de la naturaleza humana y de las más profundas apetencias del corazón; una amistad de este tipo, que sólo nace entre los hombres de bien, se ajusta a las cuatro virtudes cardinales y cumple el mandato evangélico de amarse los unos a los otros. Tiene su recompensa en sus valores y compensaciones.
Un amigo leal es un tesoro
Es buena una amistad así. No podemos renunciar a ella, ni desconfiar radicalmente en la capacidad de los demás para darla. Puede fallar, como en tu caso ha sucedido, pero no debemos negarnos a seguirla ofreciendo y aceptando. La amistad es un gran bien y quien encuentra un amigo, ha encontrado un tesoro. Todos tenemos derecho a ello: por eso comprendo tu impaciencia, porque al amigo hay que pedirle que sea fiel, que se mantenga invariable no hasta la primera dificultad, sino quizá hasta la muerte. Que resista la prueba del tiempo y de las contradicciones. Que no deserte, ni abandone. Y si alguien no ha sido así con nosotros, no podemos renegar de esa virtud, sino más bien comprometernos a vivirla en adelante con todas nuestras fuerzas: a la deslealtad sólo se puede responder con fidelidad.
Fomentemos la amistad mostrando un interés auténtico por los problemas e inquietudes que afecten el ambiente en que nos movemos, trabajando codo a codo con nuestros compañeros, compartiendo actividades, gustos y aficiones. Dedicando tiempo, pasando por alto detalles molestos, siendo cordiales, amables, benévolos. La Sagrada Escritura nos advierte sabiamente: Todo amigo dice: «soy tu amigo», pero hay muchos que no lo son más que de nombre. Sin embargo, nuestra amistad ha de ser noble y sincera, intentando ser amigos siempre, sin abandonar cuando vienen las dificultades. «Una amistad que puede acabar, nunca ha sido verdadera», afirmaba San Jerónimo: la amistad es una virtud eterna.Jamás deberíamos renunciar a la amistad, pues quien pretenda suprimirla de su vida, es como si suprimiera el sol del universo. Sin amistad no hay vida alguna del hombre. Un día leí, que caminar sin amor por la vida es ir arrastrando la existencia hacia el propio funeral. Y así no vale la pena. Cuando en el corazón de un hombre hay capacidad para entender y vivir el amor de un buen amigo, todo adquiere sentido. «Ama y haz lo que quieras» -afirma San Agustín-. «Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás por amor. Como esté dentro de ti la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz».
Cualidades del amigo fiel
«El amigo fiel no hay con qué pagarlo», dice el Espíritu Santo (Ecclo. VI; 14). Y tú preguntas: ¿qué es un amigo fiel? Diversas cualidades habríamos de atribuirle para poderle llamar así.En primer lugar, respeto por el carácter sagrado de la persona del amigo, su riqueza interior, su libertad y su propia responsabilidad: aquello que podríamos llamar su mismidad. Por eso pienso que a los amigos no nos cabe aconsejar como desde una torre elevada, para defender nuestra dignidad inexpugnable: el verdadero amigo, dijo Antonio Machado, hace del consejo su propia confesión.También sinceridad, franqueza, nobleza de corazón. Diciendo siempre la verdad sin miedo a dejar herida el alma del amigo con una inquietud que le lleve a cambiar o a mejorar. Alguien a quien traté como a un Padre y que -por el bien que me hizo puede ser considerado como mi mejor amigo- escribió: «El amigo verdadero no puede tener dos caras para su amigo: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad; se espera el reconocimiento de lo que somos y, cuando sea necesaria, también la defensa clara y sin paliativos».
El amigo sabe discernir lo que para la amistad es importante o decisivo. También debe tener algo de imaginación: no limitarse a compartir sus penas y alegrías, ni a comentar en concordia lo que en su vida y en su entorno vaya aconteciendo. Debe captar lo que el amigo prefiera: a veces hablar, a veces callar; a veces sonreír, a veces corregir; a veces acompañar, a veces dejarlo solo. Lo importante, tal vez, es lograr aquello que te decía de procurar tener los mismos gustos y gozar o sufrir con las mismas cosas. En una palabra, saber amar.Pero no todo amor es amistad. Se puede querer -con caridad cristiana o por mera filantropía- aun a quien tiene una forma de ser o una manera de comportarse que nos molesta, desagrada o repugna. Y es buena virtud amarle a pesar de todo. Pero será difícil que pueda surgir amistad personal en esas condiciones. Se puede amar también a quien no nos corresponde: en el amor platónico o en la forma suprema de la caridad, que es comprensión llena de sentido sobrenatural. Pero tampoco se llamará amistad, la cual requiere un amor recíproco, bilateral: por verdadero que sea un amor, no hay amistad si no es correspondido. El amor simple puede darse en una sola dirección; el amor de amistad reclama doble vía.
La amistad reclama confianza
La amistad empuja a los amigos a acercarse, a conocerse y necesita cierta comunidad de vida -a veces, incluso, a distancia- y comunicación de bienes. Debe haber diálogo, confianza, apertura del alma. Por eso, cuando la amistad es verdadera, la confidencia surge espontánea, franca. ¡Es tan lógico abrir el alma, desvelar los secretos de la propia intimidad a quien nos quiere y comprende! Quien quiere a una persona, se siente solidario: participa de sus anhelos, sus problemas, sus ilusiones: nada de su vida le es ajeno. «Cuando uno quiere a alguien con amor de amistad, quiere el bien para quien ama como lo quiere para sí mismo; de ahí el sentir al amigo como otro yo» 22. Por lo que dice San Agustín: «Bien dijo de su amigo el que lo llamó la mitad de su alma».
Por eso a la amistad se llega por la vía de la confidencia. Es, a la letra, lo que nos legó el Maestro: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. Más adelante, dirigiendo su oración al Padre, corrobora esta intimidad con sus discípulos: He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado a ellos; ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. No basta ser «prójimo» de alguien: con el prójimo se pueden tener muchos detalles de cariño y de afecto, pero mientras no hablen de cosas personales y no posean intereses comunes y no se comuniquen mutuamente sus problemas, sus angustias y sus sueños, no es posible hablar de amistad. Se es vecino o compañero o prójimo de una persona: se es amigo de tal persona. Por muy cerca que se esté de alguien, si no se le llega a conocer no se puede llamar amigo: sin conocimiento no hay amistad. La amistad convierte al hombre en un doble del amigo: mezcla las almas para fundir dos en una. El amigo es el «guardián del amor»: es el que custodia en silencio fiel los secretos del otro; el que corrige, soporta, en la medida de sus fuerzas, los defectos que en él advierte. Comparte sus alegrías y sus penas, siente como suyo todo lo que a él se refiere. Con respecto al amigo se puede decir: ¡Qué bueno que existes! ¡Sin ti la vida sería distinta, menos bella!
Sí, Jaime, hemos de aceptar la enorme necesidad de dar y recibir amistad si queremos ser felices con esa relativa felicidad posible en la tierra. El hombre feliz necesita amigos para comunicarles lo que tiene, con actitud que tan bien expresa Shakespeare a través de Julieta, cuando se compara a sí misma con un mar sin fondo, y agrega: «Esta es también la hondura de mi amor: que cuanto más le doy, tanto más tengo». Y también hablaba poesía quien mencionó la dicha de «aquel a quien haya sido dada la gran suerte de ser amigo de un amigo».
Quien tiene amigos nunca estará solo, porque los amigos no sólo están cerca sino que llenan el alma. Ante las miserias y los errores, no responden con burlas ni desprecios, ni mucho menos tienen la deslealtad de difundirlos, de hacerlos salir a la frialdad indiferente u oliscona de la plaza pública: el amigo fiel sabe guardar secretos. Me refiero, claro está, al silencio discreto y gentil consecuencia de la fidelidad; al bien, no a la simulación cómplice que en vez de hacer el bien hará daño al amigo.
La sinceridad, cauce de buena amistad
Los amigos se dicen siempre la verdad. Esto es indispensable. Amistad y verdad son dos términos inseparables; más aún: convertibles. La persona insincera, hipócrita, desleal, imprudente, indiscreta, con poca capacidad de juicio y de discernimiento, no tiene temple para la amistad, a no ser que decida seriamente cambiar. Por el contrario, qué firme es la amistad con aquel que sabe hablar a la cara, cuando observa en nosotros algo que no está bien, y nos dice sin reservas -aunque con delicadeza- los defectos reiterados, los errores cometidos y el daño que -con culpa o sin culpa- podamos haber causado. Si tu hermano pecare contra ti o cayere en una falta, ve y corrígele estando a solas con él. Si te escucha habrás ganado a tu hermano"'. El amor no puede encontrar excusas para decir la verdad: sería una infidelidad contra la amistad; sería convertir el amigo en cómplice. Quizá hace más mal el que calla cuando debe hablar, que el mismo que ha cometido -por flaqueza o por inadvertencia- el mal.
En cambio, qué incompatible resulta entre amigos, la irascibilidad reiterada o el insulto, el agravio, el ultraje, el improperio. Para no hablar de aquel que fuere capaz de hacer voluntariamente daño a quien da el nombre de amigo, o el que cuando se le vuelve la espalda hace traición a la confianza o al secreto guardado. La deslealtad, repitámoslo, es la plaga más deletérea de la verdadera amistad. También hacen difícil la amistad: la inconstancia, el recelo continuo, la desmedida verbosidad, la irritabilidad ante el menor estímulo, y los resentimientos. Con aquel que se resiente por el más pequeño olvido o el más leve disgusto, no se puede tener una tranquila amistad: la estará avinagrando diariamente.
Ya me alargo demasiado, querido Jaime, pero tocaste un tema que llega al alma y me obliga a abrir el corazón. En nuestras muchas conversaciones -agradables y espaciosas- de los años universitarios, no nos detuvimos a teorizar sobre la amistad. Nunca hizo falta. Nos bastaba vivirla. Quizás es el único tema del que los amigos no hablan: de su amistad y de lo que el uno significa para el otro. Se es amigo sin necesidad de mencionarlo. Pero qué firme era nuestra amistad. Qué bien nos sentíamos haciendo deporte, en una heladería, en una fiesta... o simplemente escuchando música sin siquiera hablar.
Al pasar los años he encontrado muchas formas de amistad, pero siempre me ha parecido mejor aquella que me ha hecho sentir la alegría de compartir o de recibir noticias. Qué bien lo expresó aquel escritor argentino cuando afirmaba de sus tres amigos:
-Uno, me daba dinero: era un buen amigo.
-Otro, puso un día su mano sobre mi mano y me dijo:¡yo estoy dispuesto a dar la vida por ti! Y no mentía.
-El tercero se ponía contento cuando yo iba a verle.Yo me ponía contento también. Y pasábamos alegres todo el tiempo. ¡Era mi mejor amigo!
Jesucristo, el modelo en toda amistad
Agustín de Hipona expresa su desahago sobre este tema: «¿Qué cosa hay que nos pueda consolar en esta sociedad humana, tan llena de errores y trabajos, si no es la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros, los verdaderos amigos?». Y, ya que menciono al hijo de Santa Mónica, no puedo dejar de enlazar con otro tema. Especialmente ahora, cuando veo la vida desde este inigualable balcón del amor que Dios me ha regalado, estoy más que convencido de la verdad de estas otras palabras de San Agustín: «No hay amistad verdadera sino entre aquellos a quienes Tú (Dios) adhieres uno a otro, por medio de la caridad, derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo». Pienso que la amistad es un regalo de Dios, uno de los más excelsos, que nace de la misma relación que Él ha establecido con nosotros: A vosotros os he llamado amigos. Basado en esta misma relación, Jesús puede mandarnos: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que éste de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. (...) Esto os mando.- que os améis unos a otros".
La amistad es amar al prójimo como a sí mismo. Es amar al prójimo como si fuese Cristo: cualquier cosa, por pequeña que sea, que hayamos hecho en la vida de alguien, es el mismo Cristo quien la recibe como hecha a Él. Vistas las cosas de una manera sobrenatural, puede decirse -sin ánimo de ampliar el número taxativo de los siete Sacramentos instituidos por Jesús- que la amistad cristiana tiene un carácter cuasi-sacramental: es amar-al amigo como si tú fueses Cristo, es hacer de Cristo para el amigo, actuar en Su nombre, llevar Su amor y Su cariño.
La característica del amor cristiano es este sentido de amistad abierta a todo el mundo, ese brindar amistad a cualquiera que se nos acerque sin distingos ni exclusivismos. Característica que hizo exclamar con admiración y asombro a los no cristianos de los primeros siglos de la Iglesia, refiriéndose al comportamiento entre los que habían recibido la fe: «¡Mirad cómo se aman!». En la ética cristiana hay un espíritu nuevo por el que la amistad de Dios desciende a los hombres, se comunica entre éstos y se remonta de nuevo al Cielo: la amistad es la manifestación óptima de la fraternidad que la venida de Cristo introdujo en el mundo. El Concilio Vaticano II anima a los católicos a que se ayuden, mediante una noble amistad, a superar las dificultades de la vida y, sobre todo, a encontrar en su trabajo ordinario al mismo Dios.
Sucedió de este modo cuando Jesús se sirvió de la relación existente entre Juan el Bautista y algunos de sus discípulos, para seguir Él haciéndose amigos en la tierra. Aquel que llegó a ser su amigo predilecto, a quien veremos recostado sobre su pecho en la noche inolvidable de la última Cena, fue introducido en la amistad con Cristo por su maestro, el Precursor. Quien vive en amistad con Dios, más fácilmente entenderá el valor de la amistad en sí misma, y sin necesidad de instrumentalizarla, por efecto de la misma lealtad natural, la convertirá en cauce para acercar a sus amigos a la vida sobrenatural..., la única que puede dar felicidad verdadera y duradera. Quien no quiere la alegría y la paz que da Dios, quien no piensa en el alma del amigo, no lo ama de veras; no se puede hablar de fidelidad en su amistad.
El mejor amigo
La amistad de un cristiano no se reduce a coincidencias de ocupación, gusto, afición o intereses personales, por nobles que estos sean. Va más allá. Mucho más allá. Todo lo penetra, todo lo alcanza, hasta incluir la vida eterna. Por eso, sería deseal por parte mía no hablarte ahora de Dios. «La verdadera amistad -dice San Jerónimo- no debe disimular lo que siente». Y yo siento en el alma que tú te hayas alejado de Dios. Lamento de veras que te hayas olvidado de la fe de tu bautismo, que menosprecies la gracia. Quizá por eso mismo te ha dolido tanto la traición -nunca justificada- de algunos de tus amigos de antaño. Por eso te sientes frustrado, abandonado, solo. Mi amistad -poco manifestada en los últimos años por la distancia física- no puede menos que volcarse en estos momentos hacia ti, con acentos de verdad: apóyate en Dios, búscalo, frecuéntalo hasta llegar a amarlo. Volverás, sin duda, a ser feliz. Mucho más feliz que nunca. El mejor amigo es Dios. Y, en la tierra, el mejor amigo es el que te lleve a la amistad con Dios.
A la hora de la verdad, cuando una amistad se deshace, estoy convencido de que no estaba nutriéndose de una raíz sobrenatural. De haber sido así, nada habría podido arrancarla, porque el amor que tiene por motivo a Cristo es indestructible, inquebrantable. Nada, ni las calumnias, ni las celotipias, ni la murmuración, pueden romperla. El que ama por razón de Cristo nunca deja de amar, cualesquiera sean los motivos que pretendan debilitar su amor.Bien, queridísimo amigo, voy a terminar. Te ruego que consideres estas palabras mías como una invitación al optimismo y a la alegría. Vuelve a comenzar. Ten en cuenta que la amistad, si quiere ser auténtica, necesita estar constantemente naciendo de nuevo. Cada vez que se encuentran los amigos, la amistad renace, da frutos. Sigue intentando cuidar entre los tuyos esa bella amistad delicadamente labrada, cultivada con el cariño con que el mejor jardinero cuida la flor más valiosa del jardín; pulida, como se talla un diamante; cuidada, como una obra de arte. Si lo vives así, volverás a ser feliz. Si persistes en ello, volverás a sonreír. Y con eso, éste tu amigo también estará contento.
Uno de los más grandes tesoros que podemos cultivar es una verdadera y sana amistad, una amistad enraizada en la fe y que nos conduzca a Dios. El siguiente texto fue extraído del libro “Fidelidad” de Javier Abad Gomez
Queridísimo Jaime:Recibí tu carta. Epístola lacerante en la que has vertido la amargura que tienes en el corazón. El que creías tu amigo entrañable te traicionó y el mundo se ha venido abajo. Te comprendo, te escribo y te acompaño desde aquí. Me gustaría estar contigo para analizar juntos, con calma y sin rencores, lo que me dices de la amistad. La has puesto en duda, pero yo continúo creyendo firmemente en ella y en todo lo que lleva consigo.Me preguntas: ¿qué es la amistad? Para mí es algo realmente noble, digno y engrandecedor. Mucho más que una mera unión afectiva de semejanzas o una comunicación de bienes en la que no existe lo mío ni lo tuyo. Es querer el bien -el verdadero bien- de otra persona, a quien se considera como otro yo. Es anhelo de servir, sin mezquindades, con altura. Identidad de ideales y de voluntades. Capacidad de perdón y comprensión; querer y no querer las mismas cosas, alegrarse y dolerse de lo mismo.
Algo de lo que el mundo está muy necesitado y de lo que todos tenemos auténtica hambre. Una realidad humana, purificada y elevada al orden sobrenatural por Aquel que, por amor a los hombres, quiso llamarse y hacerse Amigo nuestro, compartir nuestra manera de vivir, sufrir nuestros sufrimientos, gozar nuestras alegrías. El Verbo Encarnado ha querido, de este modo, dar un resello divino a la limpia amistad entre los seres humanos.La amistad, como dices, no tiene origen en un simple interés ocasional, ni en una mutua necesidad de apoyo. Puede empezar así, pero eso no la constituye. La camaradería o el compañerismo nacen de una asociación que busca un objetivo común, por obra de la cual se establece entre todas una cierta solidaridad de carácter cultural, político, científico o apostólico. Ser compañero no es ser todavía amigo, aunque pueda desembocar en amistad. No son amigas dos personas que se encuentran todos los días en el mismo camino, en el autobús o en la oficina. Tampoco puede hablarse de amistad porque una persona nos caiga más o menos simpática: la simpatía puede ser el comienzo por el «toque» de afinidad que representa, pero todavía no se llama con el hermoso nombre de amistad. Esto puede valer incluso para quienes, por diversas razones, se hallan tan vinculados que deberían suponerse entre ellos todas las condiciones para una firme amistad. Pienso en la relación entre padres e hijos, profesores y alumnos, compañeros de clase o de trabajo. El solo hecho de un vínculo de este tipo no genera una adhesión tan profunda que llegue a la intimidad. Por eso, muchas veces hay que recomendar a los padres de familia que procuren «hacerse amigos» de sus hijos: que los oigan, que dialoguen con ellos, que se pongan con naturalidad a su mismo nivel, que participen de sus sueños, de sus gustos, de sus risas y de sus lágrimas; que se interesen positivamente por todo aquello que llevan entre manos, que busquen intereses comunes, que compartan ilusiones y un trato más profundo. Que brinden comprensión y confianza y que procuren servirse mutuamente. Valores todos que se deben dar en una verdadera amistad y que a veces faltan en los padres, o en los profesores, o en los compañeros.
Comprender, disculpar, perdonar
La amistad penetra al interior del alma del otro, lo mira desde adentro. Nunca se queda en la superficie. Amistad es adhesión, afecto, apego, devoción y cariño. Es abrir el yo para admitir el tú en el propio mundo, para hacerle partícipe de la misma vida. Es el hábito de darse sin alardes de generosidad ostentosa o agresiva. Es hacer partícipe al amigo del pensamiento, la alegría, el dolor, los sentimientos y todos los afectos. Es dar algo de sí: algo de lo que se tiene, de lo que se es, con el fin de lograr el bien del otro. Es simpática la expresión «dar de sí»: porque indica una largueza sin límites, como cuando se estira un objeto elástico, hasta que «no da más de sí».
La amistad mira al amigo en cuanto tal, no por razón de sus virtudes o talentos; no entrega objetos, se da a sí misma; no lo ve como otro, sino como «otro-yo»; no se limita a no hacer daño, sino que busca hacer todo el bien posible. Ama el bien del amigo, aquello que lo hace mejor y más feliz. Quiere no sólo lo que el otro es, sino lo que puede llegar a ser: «Señor, tómame como soy, y hazme como Tú quieres que yo sea», suplicaba a Jesús Juan Pablo I, aquel Pontífice de la sonrisa, que duró treinta y tres días. Por eso se puede querer a quien tiene defectos, porque podrá llegar a superarlos. No por lo que es, sino por quien es. El amor de amistad es misericordioso; sabe perdonar, comprender, disculpar, convivir, conllevar.
De una amistad verdadera puede decirse todo aquello que San Pablo afirma de la caridad fraterna: es sufrida, es dulce y bienhechora; no tiene envidia, no es soberbia, no es ambiciosa, no busca su interés, no se irrita, no piensa mal (...), a todo se acomoda, todo lo cree, todo lo espera y lo soporta todo". En la amistad sincera, honda y leal, puede el amigo encontrar fortaleza, seguridad y atención. Aunque la amistad no tiene origen en la deficiencia o la flaqueza que obliga a buscar apoyo, sino más bien en la abundancia de un bien que se quiere difundir: sólo son verdaderos amigos aquellos que tienen algo que dar y, al mismo tiempo, la humildad suficiente para recibir. Por eso es más propia de los hombres virtuosos. El vicio compartido no produce amistad sino complicidad, que no es lo mismo. Nunca podrá ser legitimado el mal con una pretendida amistad. Cristo dijo que deberíamos estar dispuestos a morir por los que amamos, pero no que matáramos el alma participando con ellos de sus malas acciones.
No cabe hablar de amistad cuando el fin es la común fruición de un placer o la participación en una conveniencia mutua. La verdadera amistad procede de la dignidad misma de la naturaleza humana y de las más profundas apetencias del corazón; una amistad de este tipo, que sólo nace entre los hombres de bien, se ajusta a las cuatro virtudes cardinales y cumple el mandato evangélico de amarse los unos a los otros. Tiene su recompensa en sus valores y compensaciones.
Un amigo leal es un tesoro
Es buena una amistad así. No podemos renunciar a ella, ni desconfiar radicalmente en la capacidad de los demás para darla. Puede fallar, como en tu caso ha sucedido, pero no debemos negarnos a seguirla ofreciendo y aceptando. La amistad es un gran bien y quien encuentra un amigo, ha encontrado un tesoro. Todos tenemos derecho a ello: por eso comprendo tu impaciencia, porque al amigo hay que pedirle que sea fiel, que se mantenga invariable no hasta la primera dificultad, sino quizá hasta la muerte. Que resista la prueba del tiempo y de las contradicciones. Que no deserte, ni abandone. Y si alguien no ha sido así con nosotros, no podemos renegar de esa virtud, sino más bien comprometernos a vivirla en adelante con todas nuestras fuerzas: a la deslealtad sólo se puede responder con fidelidad.
Fomentemos la amistad mostrando un interés auténtico por los problemas e inquietudes que afecten el ambiente en que nos movemos, trabajando codo a codo con nuestros compañeros, compartiendo actividades, gustos y aficiones. Dedicando tiempo, pasando por alto detalles molestos, siendo cordiales, amables, benévolos. La Sagrada Escritura nos advierte sabiamente: Todo amigo dice: «soy tu amigo», pero hay muchos que no lo son más que de nombre. Sin embargo, nuestra amistad ha de ser noble y sincera, intentando ser amigos siempre, sin abandonar cuando vienen las dificultades. «Una amistad que puede acabar, nunca ha sido verdadera», afirmaba San Jerónimo: la amistad es una virtud eterna.Jamás deberíamos renunciar a la amistad, pues quien pretenda suprimirla de su vida, es como si suprimiera el sol del universo. Sin amistad no hay vida alguna del hombre. Un día leí, que caminar sin amor por la vida es ir arrastrando la existencia hacia el propio funeral. Y así no vale la pena. Cuando en el corazón de un hombre hay capacidad para entender y vivir el amor de un buen amigo, todo adquiere sentido. «Ama y haz lo que quieras» -afirma San Agustín-. «Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás por amor. Como esté dentro de ti la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz».
Cualidades del amigo fiel
«El amigo fiel no hay con qué pagarlo», dice el Espíritu Santo (Ecclo. VI; 14). Y tú preguntas: ¿qué es un amigo fiel? Diversas cualidades habríamos de atribuirle para poderle llamar así.En primer lugar, respeto por el carácter sagrado de la persona del amigo, su riqueza interior, su libertad y su propia responsabilidad: aquello que podríamos llamar su mismidad. Por eso pienso que a los amigos no nos cabe aconsejar como desde una torre elevada, para defender nuestra dignidad inexpugnable: el verdadero amigo, dijo Antonio Machado, hace del consejo su propia confesión.También sinceridad, franqueza, nobleza de corazón. Diciendo siempre la verdad sin miedo a dejar herida el alma del amigo con una inquietud que le lleve a cambiar o a mejorar. Alguien a quien traté como a un Padre y que -por el bien que me hizo puede ser considerado como mi mejor amigo- escribió: «El amigo verdadero no puede tener dos caras para su amigo: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad; se espera el reconocimiento de lo que somos y, cuando sea necesaria, también la defensa clara y sin paliativos».
El amigo sabe discernir lo que para la amistad es importante o decisivo. También debe tener algo de imaginación: no limitarse a compartir sus penas y alegrías, ni a comentar en concordia lo que en su vida y en su entorno vaya aconteciendo. Debe captar lo que el amigo prefiera: a veces hablar, a veces callar; a veces sonreír, a veces corregir; a veces acompañar, a veces dejarlo solo. Lo importante, tal vez, es lograr aquello que te decía de procurar tener los mismos gustos y gozar o sufrir con las mismas cosas. En una palabra, saber amar.Pero no todo amor es amistad. Se puede querer -con caridad cristiana o por mera filantropía- aun a quien tiene una forma de ser o una manera de comportarse que nos molesta, desagrada o repugna. Y es buena virtud amarle a pesar de todo. Pero será difícil que pueda surgir amistad personal en esas condiciones. Se puede amar también a quien no nos corresponde: en el amor platónico o en la forma suprema de la caridad, que es comprensión llena de sentido sobrenatural. Pero tampoco se llamará amistad, la cual requiere un amor recíproco, bilateral: por verdadero que sea un amor, no hay amistad si no es correspondido. El amor simple puede darse en una sola dirección; el amor de amistad reclama doble vía.
La amistad reclama confianza
La amistad empuja a los amigos a acercarse, a conocerse y necesita cierta comunidad de vida -a veces, incluso, a distancia- y comunicación de bienes. Debe haber diálogo, confianza, apertura del alma. Por eso, cuando la amistad es verdadera, la confidencia surge espontánea, franca. ¡Es tan lógico abrir el alma, desvelar los secretos de la propia intimidad a quien nos quiere y comprende! Quien quiere a una persona, se siente solidario: participa de sus anhelos, sus problemas, sus ilusiones: nada de su vida le es ajeno. «Cuando uno quiere a alguien con amor de amistad, quiere el bien para quien ama como lo quiere para sí mismo; de ahí el sentir al amigo como otro yo» 22. Por lo que dice San Agustín: «Bien dijo de su amigo el que lo llamó la mitad de su alma».
Por eso a la amistad se llega por la vía de la confidencia. Es, a la letra, lo que nos legó el Maestro: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. Más adelante, dirigiendo su oración al Padre, corrobora esta intimidad con sus discípulos: He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado a ellos; ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. No basta ser «prójimo» de alguien: con el prójimo se pueden tener muchos detalles de cariño y de afecto, pero mientras no hablen de cosas personales y no posean intereses comunes y no se comuniquen mutuamente sus problemas, sus angustias y sus sueños, no es posible hablar de amistad. Se es vecino o compañero o prójimo de una persona: se es amigo de tal persona. Por muy cerca que se esté de alguien, si no se le llega a conocer no se puede llamar amigo: sin conocimiento no hay amistad. La amistad convierte al hombre en un doble del amigo: mezcla las almas para fundir dos en una. El amigo es el «guardián del amor»: es el que custodia en silencio fiel los secretos del otro; el que corrige, soporta, en la medida de sus fuerzas, los defectos que en él advierte. Comparte sus alegrías y sus penas, siente como suyo todo lo que a él se refiere. Con respecto al amigo se puede decir: ¡Qué bueno que existes! ¡Sin ti la vida sería distinta, menos bella!
Sí, Jaime, hemos de aceptar la enorme necesidad de dar y recibir amistad si queremos ser felices con esa relativa felicidad posible en la tierra. El hombre feliz necesita amigos para comunicarles lo que tiene, con actitud que tan bien expresa Shakespeare a través de Julieta, cuando se compara a sí misma con un mar sin fondo, y agrega: «Esta es también la hondura de mi amor: que cuanto más le doy, tanto más tengo». Y también hablaba poesía quien mencionó la dicha de «aquel a quien haya sido dada la gran suerte de ser amigo de un amigo».
Quien tiene amigos nunca estará solo, porque los amigos no sólo están cerca sino que llenan el alma. Ante las miserias y los errores, no responden con burlas ni desprecios, ni mucho menos tienen la deslealtad de difundirlos, de hacerlos salir a la frialdad indiferente u oliscona de la plaza pública: el amigo fiel sabe guardar secretos. Me refiero, claro está, al silencio discreto y gentil consecuencia de la fidelidad; al bien, no a la simulación cómplice que en vez de hacer el bien hará daño al amigo.
La sinceridad, cauce de buena amistad
Los amigos se dicen siempre la verdad. Esto es indispensable. Amistad y verdad son dos términos inseparables; más aún: convertibles. La persona insincera, hipócrita, desleal, imprudente, indiscreta, con poca capacidad de juicio y de discernimiento, no tiene temple para la amistad, a no ser que decida seriamente cambiar. Por el contrario, qué firme es la amistad con aquel que sabe hablar a la cara, cuando observa en nosotros algo que no está bien, y nos dice sin reservas -aunque con delicadeza- los defectos reiterados, los errores cometidos y el daño que -con culpa o sin culpa- podamos haber causado. Si tu hermano pecare contra ti o cayere en una falta, ve y corrígele estando a solas con él. Si te escucha habrás ganado a tu hermano"'. El amor no puede encontrar excusas para decir la verdad: sería una infidelidad contra la amistad; sería convertir el amigo en cómplice. Quizá hace más mal el que calla cuando debe hablar, que el mismo que ha cometido -por flaqueza o por inadvertencia- el mal.
En cambio, qué incompatible resulta entre amigos, la irascibilidad reiterada o el insulto, el agravio, el ultraje, el improperio. Para no hablar de aquel que fuere capaz de hacer voluntariamente daño a quien da el nombre de amigo, o el que cuando se le vuelve la espalda hace traición a la confianza o al secreto guardado. La deslealtad, repitámoslo, es la plaga más deletérea de la verdadera amistad. También hacen difícil la amistad: la inconstancia, el recelo continuo, la desmedida verbosidad, la irritabilidad ante el menor estímulo, y los resentimientos. Con aquel que se resiente por el más pequeño olvido o el más leve disgusto, no se puede tener una tranquila amistad: la estará avinagrando diariamente.
Ya me alargo demasiado, querido Jaime, pero tocaste un tema que llega al alma y me obliga a abrir el corazón. En nuestras muchas conversaciones -agradables y espaciosas- de los años universitarios, no nos detuvimos a teorizar sobre la amistad. Nunca hizo falta. Nos bastaba vivirla. Quizás es el único tema del que los amigos no hablan: de su amistad y de lo que el uno significa para el otro. Se es amigo sin necesidad de mencionarlo. Pero qué firme era nuestra amistad. Qué bien nos sentíamos haciendo deporte, en una heladería, en una fiesta... o simplemente escuchando música sin siquiera hablar.
Al pasar los años he encontrado muchas formas de amistad, pero siempre me ha parecido mejor aquella que me ha hecho sentir la alegría de compartir o de recibir noticias. Qué bien lo expresó aquel escritor argentino cuando afirmaba de sus tres amigos:
-Uno, me daba dinero: era un buen amigo.
-Otro, puso un día su mano sobre mi mano y me dijo:¡yo estoy dispuesto a dar la vida por ti! Y no mentía.
-El tercero se ponía contento cuando yo iba a verle.Yo me ponía contento también. Y pasábamos alegres todo el tiempo. ¡Era mi mejor amigo!
Jesucristo, el modelo en toda amistad
Agustín de Hipona expresa su desahago sobre este tema: «¿Qué cosa hay que nos pueda consolar en esta sociedad humana, tan llena de errores y trabajos, si no es la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros, los verdaderos amigos?». Y, ya que menciono al hijo de Santa Mónica, no puedo dejar de enlazar con otro tema. Especialmente ahora, cuando veo la vida desde este inigualable balcón del amor que Dios me ha regalado, estoy más que convencido de la verdad de estas otras palabras de San Agustín: «No hay amistad verdadera sino entre aquellos a quienes Tú (Dios) adhieres uno a otro, por medio de la caridad, derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo». Pienso que la amistad es un regalo de Dios, uno de los más excelsos, que nace de la misma relación que Él ha establecido con nosotros: A vosotros os he llamado amigos. Basado en esta misma relación, Jesús puede mandarnos: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que éste de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. (...) Esto os mando.- que os améis unos a otros".
La amistad es amar al prójimo como a sí mismo. Es amar al prójimo como si fuese Cristo: cualquier cosa, por pequeña que sea, que hayamos hecho en la vida de alguien, es el mismo Cristo quien la recibe como hecha a Él. Vistas las cosas de una manera sobrenatural, puede decirse -sin ánimo de ampliar el número taxativo de los siete Sacramentos instituidos por Jesús- que la amistad cristiana tiene un carácter cuasi-sacramental: es amar-al amigo como si tú fueses Cristo, es hacer de Cristo para el amigo, actuar en Su nombre, llevar Su amor y Su cariño.
La característica del amor cristiano es este sentido de amistad abierta a todo el mundo, ese brindar amistad a cualquiera que se nos acerque sin distingos ni exclusivismos. Característica que hizo exclamar con admiración y asombro a los no cristianos de los primeros siglos de la Iglesia, refiriéndose al comportamiento entre los que habían recibido la fe: «¡Mirad cómo se aman!». En la ética cristiana hay un espíritu nuevo por el que la amistad de Dios desciende a los hombres, se comunica entre éstos y se remonta de nuevo al Cielo: la amistad es la manifestación óptima de la fraternidad que la venida de Cristo introdujo en el mundo. El Concilio Vaticano II anima a los católicos a que se ayuden, mediante una noble amistad, a superar las dificultades de la vida y, sobre todo, a encontrar en su trabajo ordinario al mismo Dios.
Sucedió de este modo cuando Jesús se sirvió de la relación existente entre Juan el Bautista y algunos de sus discípulos, para seguir Él haciéndose amigos en la tierra. Aquel que llegó a ser su amigo predilecto, a quien veremos recostado sobre su pecho en la noche inolvidable de la última Cena, fue introducido en la amistad con Cristo por su maestro, el Precursor. Quien vive en amistad con Dios, más fácilmente entenderá el valor de la amistad en sí misma, y sin necesidad de instrumentalizarla, por efecto de la misma lealtad natural, la convertirá en cauce para acercar a sus amigos a la vida sobrenatural..., la única que puede dar felicidad verdadera y duradera. Quien no quiere la alegría y la paz que da Dios, quien no piensa en el alma del amigo, no lo ama de veras; no se puede hablar de fidelidad en su amistad.
El mejor amigo
La amistad de un cristiano no se reduce a coincidencias de ocupación, gusto, afición o intereses personales, por nobles que estos sean. Va más allá. Mucho más allá. Todo lo penetra, todo lo alcanza, hasta incluir la vida eterna. Por eso, sería deseal por parte mía no hablarte ahora de Dios. «La verdadera amistad -dice San Jerónimo- no debe disimular lo que siente». Y yo siento en el alma que tú te hayas alejado de Dios. Lamento de veras que te hayas olvidado de la fe de tu bautismo, que menosprecies la gracia. Quizá por eso mismo te ha dolido tanto la traición -nunca justificada- de algunos de tus amigos de antaño. Por eso te sientes frustrado, abandonado, solo. Mi amistad -poco manifestada en los últimos años por la distancia física- no puede menos que volcarse en estos momentos hacia ti, con acentos de verdad: apóyate en Dios, búscalo, frecuéntalo hasta llegar a amarlo. Volverás, sin duda, a ser feliz. Mucho más feliz que nunca. El mejor amigo es Dios. Y, en la tierra, el mejor amigo es el que te lleve a la amistad con Dios.
A la hora de la verdad, cuando una amistad se deshace, estoy convencido de que no estaba nutriéndose de una raíz sobrenatural. De haber sido así, nada habría podido arrancarla, porque el amor que tiene por motivo a Cristo es indestructible, inquebrantable. Nada, ni las calumnias, ni las celotipias, ni la murmuración, pueden romperla. El que ama por razón de Cristo nunca deja de amar, cualesquiera sean los motivos que pretendan debilitar su amor.Bien, queridísimo amigo, voy a terminar. Te ruego que consideres estas palabras mías como una invitación al optimismo y a la alegría. Vuelve a comenzar. Ten en cuenta que la amistad, si quiere ser auténtica, necesita estar constantemente naciendo de nuevo. Cada vez que se encuentran los amigos, la amistad renace, da frutos. Sigue intentando cuidar entre los tuyos esa bella amistad delicadamente labrada, cultivada con el cariño con que el mejor jardinero cuida la flor más valiosa del jardín; pulida, como se talla un diamante; cuidada, como una obra de arte. Si lo vives así, volverás a ser feliz. Si persistes en ello, volverás a sonreír. Y con eso, éste tu amigo también estará contento.
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